miércoles, 28 de octubre de 2026

El fútbol en los tiempos de “el Campito”

 

         Todo parece indicar que el fútbol es un invento de los ingleses. Nosotros le hemos castellanizado el nombre, que en su lengua original es “foot ball” o, hablando en criollo, “balón pie”.

 

         Arqueólogos y antropólogos han encontrado indicios de que entre pueblos precolombinos (mayas y aztecas) practicaban algún juego de pelota que se impulsa con el pie y que sería un antecesor de nuestra pasión de multitudes actual. Y si existió en nuestra América primigenia podemos pensar que también lo ha habido en otros rincones del orbe que -dicho sea de paso- es casi tan esférico como una pelota. Tal cosa sucedía en la Grecia del siglo V aC, por ejemplo (de donde pasó a Roma), en la China del siglo III aC y, veinticinco siglos atrás, en el siempre sorprendente y enigmático Egipto.

 

         De sus padres anglosajones el deporte heredó además buena parte de su terminología y tecnicismos: referee, wing, centroforward (“center-forward” en su original), corner, foul, lineman, gol (“goal”). Los norteamericanos, siempre sobresalientes a la hora del disenso, llamaron “soccer” al juego y reservaron “football” para otro juego más popular entre ellos y emparentado con el rugby.

 

         En cuanto a mí, nací en una familia floja de papeles para el deporte. Nuestros padres nos mandaban a mi hermano y a mí a aprender natación, practicar judo, transpirar en un gimnasio, pero ni mi mamá ni mi papá fueron muy deportistas que digamos. Ella supo ser habitué de la gimnasia modeladora (busquen en algún libro de Historia qué cosa era eso) y mi viejo se dejaba flotar en la pileta braceando de espaldas o toreaba las olas del mar, pero no más que eso, más un poco de pelota-paleta en alguna tarde de playa.

 

         Mi hermano Gabriel acabó siendo un buen nadador (en pileta y en río abierto) y asiduo concurrente a algún gimnasio, con lo que le agradezco haber salvado el honor deportivo de la familia. Porque si es por mí, tengo menos deporte que el Antiguo Testamento y el código de Hammurabi juntos.

 

         Volvamos, entonces, al fútbol y a mi breve carrera deportiva vistiendo la casaca de Estudiantes de La Plata en la canchita o campito que quedaba a la vuelta de mi casa en el City Bell de casi sesenta años atrás. Mi simpatía albirroja la heredé de mi papá, eso sí, y supongo que a él le habrá llegado por ósmosis en sus años de cursar por la noche en el Colegio Industrial Albert Thomas de La Plata, separado por una calle de una de las cabeceras del estadio Pincharrata.

 


         Nuestro “campito” del carrio estabaen una esquina donde hoy y desde hace muchos años vende zapatos Gustavo Paoli rodeado de otros locales donde se pueden conseguir desde pizzas y empanadas hasta panadería y repostería sin gluten, cerveza, perfumes y algún otro rubro de consumo barrial.

 

         A mediados de los años ’60 la esquina era un baldío colindante, por un lado, con la casa de Julio José Andrade; por el otro, con la construcción del chalet al que pronto se mudarían Guillermo Simonet y su familia. Y eso era una gran ventaja: en caso de irse la pelota afuera del campo de juego, siempre iba a caer en territorio amigo sin peligro de ser retenida por vecinos impertinentes. El peligro radicaba en que saliera por el lado de la calle Cantilo, que además de estar detrás de uno de los arcos era una avenida medianamente transitada para ese entonces y pasaba por ella el temible micro 3, actual 273. Por el lateral estaba la calle 22, poco frecuentada por ser una cortada que, además, era de tierra y con otro terreno baldío en la otra vereda.

 

         ¿Quiénes jugábamos ahí? Los chicos de la barra; los nombrados Julitojosé y Memo; Ricardo Arenas; Julio Mariscal; Alejandro Flaqué; Rodolfito y Marcelo Gonzalito; mi hermano Gabriel y yo. Como se verá, si la asistencia era completa armábamos un equipo de once pero nos faltaba el rival. Así que solíamos jugar cinco contra cinco o menos aún. Yo me resistía a jugar de arquero y me encaprichaba en ir “al medio”. Años después descubrí que tenía la titularidad asegurada por ser el propietario del cincuenta por ciento del fútbol de cuero que animaba los encuentros. Con Gabriel habíamos ahorrado para comprarla y nos pertenecía en partes iguales, lo que significaba que si yo no jugaba donde quería, no había fútbol, no había juego. Ya nadie quería volver a la “Pulpo” de goma colorada o marrón con rayitas amarillas que te dejaba el manchón ardiendo en la piel cuando ligabas un pelotazo medio fuerte.

 

         A decir verdad, a mí me entusiasmaban aquellos años de éxito de Estudiantes con Osvaldo Zubeldía escribiendo el libreto de las páginas de oro que llenarían por entonces Poletti, Aguirre Suárez, Manera, Spadaro, Malbernat, el Bambi y el Bocha Flores, Ribaudo, Pachamé, Conigliaro, Togneri, Etchecopar, Bilardo, Verón entre otros, ídolos que a menudo podíamos ver y saludar en el flamante Country Club de City Bell y pedirles sus autógrafos (las selfies no existían ni en la imaginación de Julio Verne, aún). No sé qué habrá sido de la suerte de esas firmas que hoy adquieren un valor relevante, pero sospecho que en un ataque de limpieza y orden y ya lejos el fútbol de mis intereses, las habré destruido y destinado a la basura.

 

         Hoy en mi casa vemos fútbol: los partidos de Estudiantes y los de la Selección Argentina, por lo menos. Y tenemos contratado el pack de fútbol de la tele por cable. Pero, a contrario sensu de lo que pueda suponerse, fue mi esposa Laura la que se interesó en el servicio. Yo, digamos que la acompaño mientras mira fútbol y le respondo que no tengo idea cada vez que me pregunta algo sobre el reglamento o el porqué del accionar del árbitro.

 

         Porque, claro, yo no sé cuánto pueden haber variado las reglas del balompié en los últimos cincuenta y cinco, sesenta años, pero la cosa es para mí mucho más intrincada que las leyes que aplicábamos los pibes del barrio en el Campito donde jugábamos.

 

         Por empezar, nuestros arcos (cuando los había) no tenían travesaños y, mucho menos, redes. Si medíamos doce pasos para fijar el punto penal, posiblemente acabara coincidiendo con el centro mismo de la cancha. Así que seguramente el pateador de un penal fulminara al arquero desde unos cinco pasos de distancia, no más.

 

         El orsai (“offside”) era estar en el campo rival en el momento en que se sacaba desde el centro, sea en el inicio del partido o después de convertido un gol. El arquero estaba autorizado a jugar con la mano sin alejarse del arco sin importar de qué equipo fuera el último jugador en tocar la pelota. Marcar al adversario era, para mí, no perderle pisada a un jugador rival poniéndome detrás de él pero ni se me ocurría intentar sacarle la pelota. El saque de manos (saque lateral) se llamaba “obol”, una deformación de “out ball”. Y el “foul” era, lisa y llanamente, “fau”.

Algo que no figuraba ni figurará en ningún reglamento de la AFA ni de la FIFA era el árbol de manzanas que crecía cerca del rincón, en que se unían las casas linderas: esa planta y sus escasos frutos eran intocable y tengo sospechas de que Esther, la mamá de Julitojosé, vigilaba a través del alambrado el cumplimiento de ese articulado no escrito de la ley de la vida.

 

         Debo admitir mi ingenuidad, mi candor, mi ignorancia respecto de las minucias del fútbol de hoy. Hay por ahí un par de fotos donde algunos de nosotros vestíamos la camiseta de nuestros amores. Era una época sin VAR ni pausas de rehidratación, plagadas de pasión, de discusiones, en las que no teníamos un referí al que recordarle nada sobre su madre; tampoco teníamos hinchada que nos alentara. Jugábamos otro fútbol en aquellos tiempos, los tiempos de el “Campito”.

 

27 oct 26

        

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