domingo, 27 de septiembre de 2026

El "Muerto"


         Creo no equivocarme si digo que se llamaba Julio Bogado; es una posibilidad, no una certeza. Sin embargo era conocido como el “Muerto”. Repuestero del automotor, tenía su comercio enfrente al taller mecánico de mi padre.

          Dueño de un cabello crespo, castaño oscuro y desordenado, el color de su tez era, claramente, el causante de su epíteto: no era morocho, no era rubio. La palidez marmórea era el tono permanente de su piel, sumado a un rostro eternamente inexpresivo y su hablar ralo y pausado.

          Mi Viejo había comentado más de una vez que el repuestero de enfrente escribía a máquina. Faltaba un puñado de años todavía para que la computadora se instalara en nuestra vida de personas comunes, por lo que una máquina de escribir (portátil en este caso) resultaba casi indispensable para quien gustara de la escritura. Lo que no era habitual era relacionar la mecánica automotriz y sus anexos con el oficio de escribir, cualquiera fuera su variante.

          Quienquiera que entrara al local podía encontrarse al “Muerto” tecleando en la máquina, la cual quitaba rápidamente de sobre el mostrador para depositarla sobre una silla, un estante, una pila de cajas, entre caños, mangueras, correas, bujías, semiejes, discos de embrague, todo lo que pudiera hallarse en un comercio del rubro repuesteril.

          Hago un paréntesis para citar otro comercio de mi pueblo, en el que los gustos artísticos de su propietario parecían contrastar con el rubro que operaba. Cuando el desmadre del posmodernismo comercial comenzaba arrasar con la vida relajada del centro, Santiago Alaimo resistía en su ferretería cultivando un detalle que no pasaba desapercibido para muchos: puertas adentro de su local siempre se oía música clásica; las creaciones de Bach, Beethoven, Chopin, Tchaikowski y demás exponentes del género se arrellanaban entre clavos, tornillos, tuercas, arandelas, pitutos y cositos varios de los que se encuentran en cualquier comercio del rubro ferretero. Tan es así que uno podía hallar a algún melómano en éxtasis -con los ojos entornados y acodado en el mostrador- al sólo efecto de escuchar música sin necesidad de comprar ni siquiera una tachuela.

          Pero lo del repuestero de apelativo escatológico era diferente: él llenaba páginas y páginas con texto dactilografiado -nunca supe si era poesía o prosa- surgido de su intelecto. Y escribía mucho. Por esos años yo tenía una librería-papelería y él solía comprarme remas de papel oficio. Una resma son quinientas hojas, así que consumir una cada mes, mes y medio, estimativamente, no es poca cosa.

          El tableteo de sus dedos lívidos sobre las teclas que accionaban a los tipos impactando sobre el papel y el rodillo de la máquina eran la música de sus oídos; una música que, por lo demás, ni él ni yo sabíamos que estaba entrando en el callejón de la nostalgia ante el avance impetuoso de las computadoras y sus impresoras casi murmurantes.

          No sé cómo ni cuándo el “Muerto” se cruzó con su punto final. No más letras imprimiéndose sobre el papel, blanco como su piel. No más poesía o narrativa en los intersticios de las estanterías habitadas por la frialdad de rulemanes, bujes, rótulas y crapodinas. Quien haya conservado los escritos del “Muerto”, estará preservando para siempre su inspiración mecanografiada, su sentir y su vida misma.

 

 

19 sep 26

Logo

Logo
Principal