domingo, 20 de septiembre de 2026

Secretos de familia (que no son tales)

 

          Desde un tiempo a esta parte, a mi hermano Gabriel lo asaltó la necesidad de dejar registro escrito de los primeros recuerdos. Dado que me lleva dos años en edad, hay muchas cosas, circunstancias, datos, anécdotas que yo desconocía o los sabía a medias, por relato oral.

          Fue así que empecé a recuperar información referente a la familia de mi abuelo Domingo Molfino, papá de mi mamá, quien falleció joven, a sus cuarenta y ocho años, poco menos de tres meses antes de que yo soplara mis tres velitas.

          Todo este ejercicio de la memoria motorizado por los relatos fraternos activó mi necesidad de rellenar huecos existentes en la rama materna de mi madre. Domingo Molfino (1915-1963) se casó con Renée Cattáneo (1916-2011), hija de Juan José Cattáneo y América Raymunda López. Nunca supe quién fue el papá de mi bisabuela América lo cual -dado el apellido López-no me aportaría demasiado en la remontada de esa rama del árbol genealógico.

          Ahora bien: mi abuela Renée tenía dos hermanos: Héctor y Dino (el joven). A su vez tenía al menos un tío por parte de padre, Dino (el viejo), a quien conocí y creo que era viudo de la tía “Tona” quien, vaya casualidad, era madrina de Elba (o “Porota” o “Pama”) Poto, abuela materna de mi amiga Gabriela Bellettini; pero esa es otra historia.

          Pocos días atrás (cuando este texto estaba ya muy avanzado) mi prima Adriana -tan bisnieta como yo de América Raymunda- me acercó documentación donde consta que el 2 de agosto de 1888 José Cattáneo (carpintero) contrae enlace con Josefa Teira Caldelas. José era hijo de Juan Cattaneo y de Palmira Mangili. Doña Josefa era española y los demás, italianos. Vale decir que mi bisabuelo Juan José Cattáneo era hijo de un italiano y una española.

          Pero ¿y los López? Hasta donde recuerdo y sé (que no es mucho), la abuela América era nacida alrededor de 1892 y falleció en 1975. El apellido de su madre habría sido Córdova, una mujer de sangre india quien, decía Renée, nunca había usado calzado.

          Como hermanos de América ubico a la tía Celina (una “vieja” muy divertida que me regaló la Victrola a cuerda de los primeros años del siglo XX que había sido de su finado esposo Carlos, quien partió muy joven de este mundo); la tía “Lala” (Estanislada), el tío Federico, el tío Fulgencio y creo que el tío Hortensio. Uno de estos dos vivía, quizás, en la isla Paulino. Creo que en total eran 12 hermanos, por lo que me permito anotar entre ellos algunos nombres que me quedan sueltos, tales como las tías Adela y Zulema.

          Acá es donde aparece un tropel de interrogantes. La tía Celina vivía en Bernal y a la tía Lala recuerdo haberla visitado en Quilmes. Pero a la tía Zulema la recuerdo en Ensenada -de donde eran tanto los López como los Cattáneo-, en Avellaneda y en Quilmes. Presuntamente sería la mamá de “Porota” (otra Porota, quizás prima de mi abuela Renée) pero ahí se me entreveran nombres como Alicia, casada con Adolfo Panza, un señor cuyo apellido me causaba (y me causa) mucha gracia y vendría a ser una especie de predecesor del señor Barriga de El Chavo del 8. En este entrevero quilmeño aparecen nombres de gente más joven como María Fernanda, su hermano “Coqui” y” Chuchi”.

          A su vez en La Plata (barrio El Mondongo, para más datos, donde se habían asentado los Cattáneo-López) vivían las “chicas” de Bianchi o Bianqui (Carmen y Lía, “solteronas”, se decía por entonces) hermanas de Nélida, quien estaba casada con un señor de apellido Olsen y junto a su hija Mónica vivía en Berazategui. Nélida era madrina de mi mamá. Lo cierto es que las tres eran primas de mi abuela Renée por parte de padre. Eso creo.

          Carmen y Lía vivían junto al tío Esteban (¿viudo de una López o de una Cattáneo?). Además rondaban las conversaciones y algunas reuniones familiares la tía Ada, el tío Alfredo, el tío Enrique, y algún otro longevo personaje que no sabría dónde ubicar. Porque casi todos tenían en común ser gente de edad bastante avanzada y portadores del apellido López, razón, ésta última, que intimida cualquier intento de remontar esa rama de mi árbol genealógico.

 

 

19 ago 26

martes, 25 de agosto de 2026

Acompañamiento telefónico para Élida


         Élida Morriccone está feliz. ¿Cómo no lo supo antes? Hace una punta de años que pertenece a una prepaga a menos de tres cuadras de su casa y nunca se había percatado de lo mucho que la podía aprovechar más allá de los medicamentos con descuento (ella toma muchos) y algún que otro servicio médico, incluyendo el podólogo. “Es una maravilla de institución; a la hora que los necesito, siempre están” le había dicho, agradecida y sorprendida a la vez, a la telefonista del 0800 una de las tantísimas veces que había llamado para consultar por cualquier duda que le viniera a la cabeza, cualquier nimiedad que se le ocurría preguntar y no tenía a quién hacerlo. Como aquel mediodía que pidió que alguien fuera a ayudarla a enmudecer el molesto y monótono gotear de la canilla de la cocina que se empecinaba en no darle paz.

          Élida tenía un curioso récord jamás igualado por ningún integrante del padrón de asociados ni ningún empleado de la prepaga: era la única persona que había resultado atrapada tres veces por las puertas automáticas de blíndex corredizo de ingreso al edificio y, para colmo de males, había sido también víctima de la puerta del ascensor vidriado, la cual comenzó a cerrarse cuando ella apenas había puesto una de sus piernas adentro.

          En tiempo de la canícula, durante uno de esos veranos de antología, Morriccone volvió a marcar el número de atención al asociado para plantear que hacía demasiado calor dentro de su departamento en un 5° piso del microcentro porteño. La operadora le sugirió que se diera una ducha con agua tibia, pero a ella no le entusiasmó el consejo. “La ducha de mi baño pierde, como la canilla de la cocina, así que necesitaría un paraguas para poder abrir la canilla sin mojarme antes”, se quejó.

          Media hora más tarde volvió a llamar al 0800 y esta vez quien la atendió fue un operador. “¿Sabés qué pasa, querido? Vivo sola, y como hace tanto calor me saqué toda la ropa y ahora no me puedo volver a poner la bombacha. ¿Me decís qué hago?”. Demasiados obstáculos domésticos y cotidianos para la sufrida y atribulada Élida.

         Me pasan muchas cosas a mí -siguió- y por eso a la noche no puedo pegar un ojo, tengo insomnio. Pero yo los llamo por teléfono a ustedes a cualquier hora y una compañera tuya me va contando que me comuniqué con la prepaga, que el horario de atención es de 9 a 18; que tienen 76 delegaciones en todas las provincias del país, que tienen cobertura médica, ayudas económicas, servicio social con becas de estudio, subsidios escolares, por matrimonio, nacimiento y accidentes, que además ofrecen turismo, odontología, ortopedia, podología, psicología, que hacen un periódico… y cuando termina me vuelve a decir que me comuniqué con la prepaga, que el horario de atención es de 9 a 18; que tienen 76 delegaciones en todas las provincias del país, que tienen cobertura médica, ayudas económicas, servicio social con becas de estudio, subsidios escolares, por matrimonio, nacimiento y accidentes, que además ofrecen turismo, odontología, ortopedia, podología, psicología, que hacen un periódico…  que me comuniqué con la prepaga, que el horario de atención es de 9 a 18; que tienen 76 delegaciones en todas las provincias del país, que tienen cobertura médica, ayudas económicas, servicio social con becas de estudio, subsidios escolares, por matrimonio, nacimiento y accidentes, que además ofrecen turismo, odontología, ortopedia, podología, psicología, que hacen un periódico… y así sigue, sin equivocarse ni olvidarse de nada, hasta las cuatro o cinco de la mañana, cuando me viene el sueño. Entonces le agradezco por que estuvo toda la noche haciéndome compañía telefónica y le digo que es muy amable por contarme lo que hacen y entonces corto y ahí ya me duermo. Es un amor, esa chica”.

  

28 jul 26


 

lunes, 29 de junio de 2026

Retraso


 La larga explicación de una demora, esta semana en Blablateca. Pasá y escuchá; sos bienvenido.

https://open.spotify.com/episode/06PtBfzWN3tZa53zT49n8b?si=3f75d4f785aa4c09

martes, 23 de junio de 2026

Ce y cu


 Siguen los juegos de palabras en Blablateca. Esta emana: Ce y cu. Pasá y escuchá, sos bienvenido.

https://open.spotify.com/episode/7BFPBaLrQhTsY2Q1uohu9u?si=kpQLf6ZzRy-kPmX_q1qpYA

jueves, 18 de junio de 2026

Poeta en apuros

 

        

 

        Cada jueves a la tarde la redacción del semanario del pueblo era un hervidero. Con la caída del sol se cerraba la edición que se diagramaba y se armaba esa misma noche, se imprimía a varios kilómetros de allí, y en las primeras horas sabatinas llegaban los paquetes con los ejemplares tamaño tabloide olientes a tinta fresca y papel.

 

         Entonces iniciaba la labor de los repartidores casa por casa. Algunos de ellos eran, durante la semana, los responsables de vender publicidad a los comercios locales y cada sábado, bien temprano, salían a pedalear sus bicicletas y arrojar cada ejemplar, envuelto en polietileno, en el jardín de la casa de los suscriptores. No faltaba quien, para poder llegar a los barrios menos accesibles, hacía su reparto a lomo de caballo en pelo. Para muchos lectores escuchar el sonido del diario al caer en su porche era la señal de que ya era hora de levantarse y desayunar enterándose de las novedades del barrio, del pueblo, incluyendo la historia, el humor y los cuentos y poesías de artistas locales.

          De la poesía trata, precisamente, este relato. Y de cada jueves a la tardecita, y del clamor de un poeta a su secretario de redacción, que le reclamaba los textos para la sección “Literarias”.

          -Esperame un rato, Coco. Me falta terminar un poema que estoy escribiendo…

         -Metele, Rodolfo. Porque lo tuyo todavía falta ilustrarlo. En todo caso aviso que va más tarde, pero sale sin dibujo…

         -¡Nooooo! Por favor, sin ilustración no quiero.

         -Es que no hay tiempo, Rodo. Me apuran desde el taller.

         -¿Y qué hago? Ayudame…

         -¿Que te ayude? ¿Querés que yo te escriba lo que te falta?

         -Y... son tres versos, nomás. Pero no me salen.

         -A ver, dame…

          Y así, en más de una oportunidad, se cerraba subrepticiamente y en colaboración la sección literaria de algunas ediciones del semanario del pueblo. Coco juraba el más absoluto de los secretos y Rodolfo sentía un enorme alivio en el pecho y agradecía con un abrazo. Coco sonreiría con satisfacción cada vez que un lector ponderaba los poemas que firmaba Rodolfo, ese compañero del semanario que en la tarde de un jueves cada tanto, falto de inspiración, acudía desesperado clamando ayuda.


18 jun 2026.      

miércoles, 17 de junio de 2026

Limpiavidrios


 


         Podría ser que Charly no se llamara Carlos. De hecho lo hemos visto responder con educada naturalidad a un sinnúmero de nombres y apodos diferentes. Unos quince años atrás, tal vez acusara algo más de tres décadas acurrucadas en el devenir cotidiano de sobrevivir limpiando parabrisas de autos en una de las esquinas más apetitosas de la aldea porteña.

 

         Alrededor de 1,70 metros de una estatura coronada por cabellera rebelde entre castaño y rubio, barba al tono rasurada por última vez, eventualmente, una vez a la semana.

 

         Vestía una musculosa de color indefinido a fuerza de variada suciedad autoconvocada sobre la trama textil y pantalones tácticos camuflados en tonos de verde y pardo. Lo hemos visto calzar borceguíes huérfanos de betún o zapatillas en vías de extinción amarradas con cordones deshilachados.

 

         En aquellos tiempos del incipiente siglo XXI Charly ocupaba su puesto laboral en la esquina de Cerrito y Santa Fe, en CABA, donde tenía parada el ómnibus rápido que unía Buenos Aires con La Plata. Pero a Charly no le interesaba viajar sino el semáforo de esa intersección, que al encenderse en rojo le servía en bandeja una tentadora clientela de parabrisas sucios pasibles de ser limpiados por él.

 

         No estaba solo, el hombre; un perro tan callejero como él lo acompañaba y se entretenía jugando con una botella plástica mil veces aplastada por la impiedad de los neumáticos, peregrinos y citadinos.

 

         Charly cuidaba muy bien de su amigo. Si el juguete excedía los límites mínimos de la exigua plazoleta sobre la que aguardaban que el tránsito se detuviera, el can ensayaba un ladrido junto a una mirada de clamor sin bajar a la calzada. Entonces Charly era capaz de detener el mundo entero aunque en el semáforo brillara la luz verde y lanzarse a la misión de rescatar el juguete de su compañero.

 

         En cada corte de semáforo no perdía tiempo y ofrecía servicial su arte de higiene vítrea. Lo hacía con la simpatía de quien se siente sabedor de que no es fácil convencer al conductor de que acepte su labor a cambio de unos pocos pesos. Su rutina no era tal, en realidad. Sabía cómo encarar al potencial cliente según el vehículo y la expresión de quien lo condujera.

 

         Aquella tarde en que se ganó los aplausos fue cuando la rubia al volante de un Peugeot 308, con el ceño fruncido le negó el permiso para siquiera posar un dedo sobre el parabrisas. Entonces Charly sacó la carta ganadora de la manga que no tenía y a través de la ventanilla levantada le advirtió en spanglish, dando muestras de un bilingüismo lleno de remiendos:

 

“Ok. I don’t touch your car. Pero tené warning because a siete cuadras está el obelisco y con la mugre que tenés en el vidrio no lo vas a ver y te lo podés llevar puesto. ¿Ta?”.

 

         A la rubia se le escapó una sonrisa, bajó el vidrio y cuando Charly hubo terminado, depositó sobre su mano con restos de detergente una generosa propina que, con su oratoria, se había ganado.

 

12 jun 26

martes, 16 de junio de 2026

Ce, ese, zeta

 


Juegos de palabras para esta semana en Blablateca. Pasá y escuchá; sos bienvenido.

https://open.spotify.com/episode/2hYoshLKEBuOg6qn3KVQ2U?si=e113184ac54f44a9

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