Se me hizo tarde porque se me rompió el
celular y pasé por la agencia de quiniela para que el muchacho me lo arregle.
Un fenómeno, el muchacho de la quiniela. Siempre me lo arregla él el celular, y
si no puede en el momento, me presta un aparato mientras me arregla el mío. Amigazo.
Siempre le llevo para que me arregle el teléfono y de paso juego unos pesos al
Quini. ¿Ubicás dónde es? Sobre el camino Belgrano, dos cuadras antes de doblar
para mi casa, ahí en la esquina. Un fenómeno, es. A parte, buen tipo.
Y ya salí tarde porque vi que estaba mi
vecina Vero barriendo la vereda y le pregunté cómo andaba la perrita. Una
ovejera, tiene, que pobrecita, tenía un bulto en la parte de atrás, acá, así, ¿viste?
Y la tuvimos que llevar al veterinario y la operaron. Un genio, el veterinario;
a parte, un tipazo. Entonces, yo se la estoy curando a la ovejera, porque
todavía no le cicatrizó la herida de la operación. Esa perrita es la grande,
porque aparte tiene otro, macho, que juntó de la calle, mezcla de caniche, debe
ser, con no sé qué. Es flaquito y tiene todos rulos. ¡Un hinchapelotas, es!
Pero es buenísimo, es lo más manso que hay. Con decirte que el otro día el gato
le estaba comiendo la comida y ni se inmutó; no le molestó para nada, mirá.
Sonn divinos los dos, la ovejera (la que te dije que está operada por un bulto
que tenía acá atrás, y este otro. A los dos les corto las uñas, les paso una
crema cuando tienen algo en la piel, así. Viste cómo soy yo con los animales… Y
de paso le pregunté si se le había llovido el dormitorio, porque la otra vez le
tuve que emparchar el techo porque se le metió agua debajo de las chapas y se
le chorreó toda una pared. Que ahora voy a tener que pintarla.
Y a mi otra vecina también, la que vive
del otro lado. Porque Vero vive pasando mi casa de este lado, como yendo de acá
para allá, primero viene Vero y después mi casa; y Cristina vive pasando mi
casa, pegado a la mía, también. Son reamigas conmigo y con mi mamá; buena
gente, las conozco de años. Y… yo hace como 18 casi 20 que me mudé ahí. Antes
vivía en La Plata, yendo para Los Hornos, por donde vive mi hermana, la más grande.
La otra hermana, la más chica, vive a la vuelta de casa. ¿Viste el almacencito
donde compro el fiambre y el queso para comer una picada, que está enfrente de
un chalet grande que yo te conté que una vez le lijé y le pinté todas las rejas
y cuando terminé me dicen que no les gustaba el color y tuve que pintarla toda
de nuevo? Bueno, cruzando así, para allá, vive mi hermana, la más chica, que el
hijo, mi sobrino, vino la otra vez cuando te pusimos la puerta esa en el fondo.
Un fenómeno, mi sobrino. ¡Es un aparato!
Y mi vecina, no Vero sino la otra que
vive pasando mi casa, al ladito, te decía, tiene gato y perro. Se llevan
bárbaro pero el perro es grande, más que el tuyo pero el perro casi igual y
debe pesar como treinta kilos. Una vez estaba abierto el portón de la casa
porque no me acuerdo qué había salido a hacer ella y entró dos segundos so sé
para qué y justo vino mi primo, bajó de la camioneta y se le paró con las dos
patas en el pecho, así, che. Tiene unas patas así de grandes. ¡Qué julepe se
pegó mi primo! Vos lo conocés; me vino a ayudar cuando pusimos el portón en lo
de tu hijo. ¡Cómo laburamos ese día! Porque los postes los enterramos como más
de un metro y quedaron casi dos metros afuera, todavía. De quebracho, eran, de
esos del ferrocarril cortados a lo largo al medio. Bueno, vos lo sabés, si los
compraste vos. Pobre mi primo, encima hacía un calor de locos.
Otra vuelta también me ayudó a pintarle
la casa a este otro muchacho que yo te conté, amigazo mío, que tenía como doce
restoranes y se fundió. A ese le pintamos todo, por dentro y por fuera, y le
puse como treinta metros de canaleta. ¿Podés creer que no tenía canaletas en el
techo? Y claro, le entraba el agua de lluvia no por rajaduras sino por que el
agua iba para cualquier lado, porque además el techo tiene poca caída. ¡Son
vagos, eh! Cuando no quieren trabajar te cobran pero te dejan el trabajo a
medio hacer.
Decí que yo aprendí construcción de mi
viejo, que era albañil. La casa de nosotros la hizo él desde los cimientos. Y
el quincho, vos conocés el quincho, te lo mostré, con la parrilla y todo. Ahí
nos juntamos con los muchachos a comer asado y nos quedamos hasta tarde. Bueno,
no muy tarde, si no al día siguiente no se levante nadie. La otra vez les
contaba a los muchachos de ese que te pintó a vos, que no venía a trabajar
antes de las 11 de la mañana porque la mamá no podía despertarlo antes. Y como
se quedaba de joda hasta las tres… ¡Qué aparato! ¡A los 42 años lo tiene que despertar
la mamita! Los muchachos se matan de risa cuando se los cuento. Porque te
conocen todos; aunque nunca te vieron, te conocen porque yo les cuento que sos
mi amigo. Y sí, ya hace varios años que te trabajo, así que para mí sos un
amigazo.
Como te decía, el quincho está al fondo
y mi vieja duerme en la habitación del frente, así que ni nos oye. Tenés que
venir a comer con nosotros. Y ahí, frente a la puerta ventana que está al
costado de la mesa, frente a la heladera, ¿viste?, está la planta de ciruelas.
¿Te gustaron las que te traje la otra vez? No te imaginás la cantidad que dio
este año. Así de grandes y un montonazo. No me alcanzaban los baldes y la
palangana para ponerlas cuando las cortaba.
Y somos como diez cuando nos juntamos;
a veces más. A veces viene mi sobrino, no el que vino a ayudarme cuando pusimos
la puerta sino el otro, el que pasaba por ahí por la esquina una mañana cuando yo
estaba poniendo membrana en el techo acá de la cocina y yo lo saludé desde arriba
porque no me había visto. Ese también vino conmigo a trabajar acá. Con él pintamos
el quincho para protegerlo de las polillas y del fuego. Un laburazo, hicimos. Ahora
anda de remisero, mi sobrino; tiene un Corsa celeste, así, medio como
metalizado. Capaz que lo vez, porque viene seguido por acá.
Se había enamorado de una clienta mía.
Bah, la mina no le daba bolilla porque está casada, tiene hijos, pero él la
había llevado una vez a la escuela de los chicos porque ella había pedido un
auto a la remisería. ¿Viste la que está pasando los semáforos después del
arroyo, así, a un costado? Ahí trabaja mi sobrino. Y a esta chica que te digo
que le gustaba a mi sobrino, se le rajó todo el techo de una galería. Nuevo. Le
hicieron una losa sin junta de dilatación, así que lo agarró la temporada de
mucho calor como ahora pero hace un par de años y se le rajó toda. ¡Toda! Tuve
que picar, meter un sellador con caucho que encima es carísimo, membrana en
pasta como tres capas, esa que se aplica con un secador de piso, después
membrana autoadhesiva y otra vez membrana en pasta. Y quedó. Además, el marido
es un fenómeno, remacanudo. Me dijo donde trabaja pero ahora no me acuerdo cómo
se llama el lugar ni qué hacen.
Menos mal que para ese laburo no lo
llevé a mi sobrino, porque yo no sabía de esa historia y este es medio aparato.
Yo sé que no me va a hacer quedar mal, pero si seguía enganchado con esta
chica, se iba a armar. Ahí fui con mi amigo, ese que te digo siempre que no le
gusta laburar. Pero labura bien, es cumplidor, responsable, pero si fuera por
él no laburaría nunca.
Con él fui a pintar a lo de tu amiga Gabi,
que me recomendaste vos. No; la primera vez que le pinté a Gabi no, porque era
poco lo que había que hacer y mi amigo justo estaba descompuesto y yo le curé
el empacho. A Gabi ya van como cinco años que le trabajo. Que la reja, que el
fondo del parque, que un arreglo del techo, que la casa de la mamá… Es un
fenómeno, Gabi. A la mamá también le pinté. Y en frente. No, en frente de Gabi
no sino de la mamá. Macanuda, la señora. Peroo no justo enfrente sino medio así
en diagonal. Y ahora me dijo que le pasó mi número a la cuñada. Por eso
necesitaba que el muchacho de la quiniela me arreglara el celular y se me hizo
tarde. Un fenómeno el muchacho de la agencia de quiniela. ¿Te dije, no?
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10 abr 2026