lunes, 1 de junio de 2020

93 de marzo

Aunque no lo crean hoy es 93 de marzo de 2020. Día más, día menos, son los días transcurridos desde el 1º de ese mes en cuyo segundo tercio se nos congeló la agenda, por no decir el traste.

 Desde el 20 de marzo en que oficialmente entramos en cuarentena que vengo sintiéndome en deuda conmigo mismo. Pensé en ponerle un poco de humor a lo que escribiera pero, citando a Quino, “no creo que las cosas estén tan mal como para tener que tomarlas en broma”.

 ¿Un análisis cruel de la ídem realidad? No manejo fuentes directas y, si las tuviera, no me parece éste un medio para seguir alimentando la desesperanza y la desesperación.

 Así que pasados los setenta días de acuartelamiento, empecé a juntar apuntes, comentarios de entre casa, pareceres desde atrás de la ventana. Arrancamos por allá, cuando el encierro era todavía un secreto a voces, meras especulaciones frente a una realidad que no había llegado aún pero cuya concreción casi nadie discutía.

 Entonces estuvimos de acuerdo en que había que llenar la heladera y la alacena. Y un poco más, por las dudas. Me acordé mucho de cuando yo era chico y había rumores de golpe de Estado: había que abastecerse por las dudas, por si la mano se ponía pesada y había desabastecimiento.

 Finalmente de manera oficial el aislamiento comenzó el día 20 y, puertas adentro, empecé a mirar por la ventana a ver si comenzaba la nevada radioactiva de El Eternauta. No se la ve pero la presencia del Covid-19 se le parece mucho.

 Adentro de casa, todo bien y a cara descubierta. Pero cuando hubo que asomar las narices a la calle y ponerse barbijo supe que atarse dos piolas detrás de la cabeza no es para cualquiera, y que si en vez de cintas tiene elásticos para sujetar en las orejas, estamos a un tris de parecernos todos al Topo Gigio.

 Superado el trance de colocarse el bozal, sobreviene el capítulo 2: cómo hacer para poder ver sin que se empañen los anteojos. De fuente directa aprendimos el truco de pasar a los cristales jabón seco, sin usar, y frotarlos luego con un paño suave o un pañuelo de papel. Ojo: con algunos jabones funciona, con otros, no. Pero como no nos dejan salir mucho, no es una cuestión digna de quitarnos el sueño.

 El sueño; otro tema. Los primeros días parecía que teníamos alterado el reloj biológico. Viendo televisión hasta la una o dos de la madrugada y leyendo luego una horita más significaba que no amaneceríamos antes de las diez u once de la mañana. No es menor el dato de que “La gesta del marrano” de Aguinis, con sus casi seiscientas páginas, se me gastó en menos de quince días. Con el transcurso de las semanas y poniendo un poco de voluntad, casi que nos acercamos a los horarios supuestamente normales. No hay que olvidar que en casa ambos trabajamos. Desde casa y a distancia (cuando la tecnología lo permite), pero reportándonos en tiempo y forma cada mañana a las respectivas superioridades.

 Entonces fue cuando entró a jugar un nuevo participante en nuestras vidas: las videoconferencias, los encuentros virtuales y las reuniones computadora mediante. Cuando veíamos el dibujito de Los Supersónicos, cincuenta años atrás, no imaginábamos que esa fantasía sería parte de nuestra realidad. A no olvidar peinarse y ponerse una remera o chomba presentable para un evento de esos. Del pecho para abajo no importa, siempre y cuando no tengamos necesidad de levantarnos delante de la cámara de nuestra computadora.

 Cumplimos treinta años de casados en cuarentena, se acerca el cumpleaños de Laura y estaremos seguramente enclaustrados también… sólo espero que para noviembre, cuando me reciba de sexagenario, pueda festejarlo reuniendo a mis amigos y familia.

 En medio del torbellino de ir de acá para allá sin salir de casa pude avanzar con algunas cosas siempre postergadas: digitalizar un archivo de entrevistas que tenía guardadas en cassettes, empezar a escanear viejas fotografías soportadas en papel y  avanzar mínimamente en la escritura de mi próximo libro. Paradójicamente la pandemia me retrasará sin fecha un viaje a Misiones, necesario para dar forma a uno o dos capítulos del volumen en cuestión.


También, dos veces por semana, Zoom mediante, me junto con un puñado de radioaficionados como yo a repasar lenguaje Morse, esto es: telegrafía. Cosas de la pandemia y la cuarentena; qué decir.

 Y así estamos; tomando mate solo, saboreando yerbas desconocidas compradas antes del acuartelamiento, disfrutando desde ayer del calor de la leña ardiendo en la salamandra. E imaginando cómo y con quién será el primer reencuentro cara a cara, abrazo a abrazo, sin el bozal cubriéndonos boca y nariz. Pero sobre todo, esperando con ansias recuperar la tranquilidad de saber que no hay nuevos contagios ni nuevas muertes, que el Coronavirus ya no es noticia porque pudimos con él.  


martes, 7 de abril de 2020

Encuarentenados

Creo que es la primera vez que me toca vivir una situación como la pandemia de Coronavirus. Once años atrás atravesábamos la gripe A, el virus H1N1. José hacía su viaje de egresado; las fotos en Ezeiza no muestran mucha gente con barbijo; que la mayoría no lo llevábamos en ese momento.


Recuerdo, cómo olvidarlo, en aislamiento y los cuidados porque Laura fue una de quienes engrosaron las estadísticas que cotidianamente leíamos en los diarios. Me acuerdo claramente cuando Mónica Bontempi, su inmunóloga, levantó el teléfono para avisarle a su colega que le enviaba una paciente, que por favor la recibiera.


Y luego, nosotros yendo raudamente a la Casa Cuna en La Plata, donde de manera excepcional la infectóloga Analía Vélez nos recibió enfundada en esos trajes que hoy nos son familiares de verlos en la televisión pero que en ese momento para mí eran un indicio de que habíamos entrado en la NASA o que las papas quemaban.


La revisó, la interrogó, le extrajo sangre y le dio antibióticos y antiviral (el desde entones famoso Tamiflú). “Empezá a tomarlo hoy mismo, porque si el análisis te da positivo no podemos perder tiempo”. Maravillosas personas, ambas médicas, que tomaron el toro por las astas antes de que el todo bufara. Y vaya si bufó, pero ya estaba acorralado por la medicación temprana.


Hoy es otra la historia. La pandemia es de una gravedad tal que unos pocos se atreven a compararla con la epidemia de polio de hace más de sesenta años. O la fiebre española, lo la amarilla, o…


Lo cierto es que el mundo está en cuarentena aunque aún hay gente que no se dé por enterada. Aunque haya otros que serán nuestros héroes mañana, cuando les reconozcamos que debieron seguir trabajando para que nosotros pudiéramos seguir viviendo. Son los primeros a quienes me gustaría abrazar cuando todo haya pasado. Ojalá podamos hacerlo. Ojalá la muerte no sea más que una dolorosa noticia y no una realidad entre mi gente querida. Cuidémonos mutuamente, querámonos, prometámonos salir vivos de ésta. Es lo único a lo que estamos comprometidos en esta cuarentena.

lunes, 20 de enero de 2020

El canto eterno del Chalchalero

Motivado por la muerte de Juan Carlos Saravia acaecida días pasados, recordé una engtrevista que le hice en marzo de 2000 para la revista Todo María. Fue en su casa de Buenos Aires y recuerdo que mientras charlábamos fueron llegando los otros tres integrantes: su hijo Facundo, Polo Román y Pancho Figueroa, quienes tras el saludo de rigor, uno a uno enfilaron hacia algún ambiente de la casa. Cuando empiezo a escuhar acordes y rasguidos de guitarra, Saravia me dice que en un rato comenzba un ensayo. Le comenté que me sorprendía que ensayaran en su casa. Y me respondió, con naturalidad y simpleza: "Es que nosotros no somos profesionales, somos cantores, nomás". 

Febrero/marzo de 1981. Los Chalchaleros en el Festival de Folklore de City Bell.
Lo que sigue es el texto de aquel reportaje aparecido en la mencionada revista católica.


EL REZO DEL CHALCHALERO


Como para comprobar que la fe y la riqueza interior van más allá de la fama y los escenarios, Juan Carlos Saravia –referente del conjunto folklórico “Los Chalchaleros”- se reconoce como una persona “muy mariana

“Yo siempre he sido muy mariano, devoto de la Virgen del Perpetuo Socorro, que está el la iglesia de San Alfonso, en Salta –relata a Todo María-. Es la única Virgen que tiene la escolta de los Gauchos de Güemes, que salen montados haciéndole la escolta. Me hice devoto además de la Virgen del Milagro, por supuesto, de la Virgen de San Nicolás. Hemos tenido la dicha de conocerla a Gladys (Motta) que es la vidente. En cuanto nos recibió mi mujer se puso a llorar. Hacía dos o tres días que había terminado la Semana Santa y nos mostró los estigmas que le estaban ya cicatrizando en la muñeca. El Padre Pío los tenía en las manos, pero Gladys los tiene en las muñecas y las heridas en los pies y en el costado, que le sangran y duelen mucho en esos dos o tres días”.

Señor y Virgen del Milagro.
A mediados de septiembre Saravia estuvo en su Salta natal, con el único objetivo de participar de la Fiesta del Señor y la Virgen del Milagro. “Tiene una historia muy curiosa esta fiesta. Hace 407 años, el obispo que funda Salta, cuando vuelve a España dice que va a mandar un Cristo para Salta y una imagen de la Virgen para Córdoba. Lo curioso del caso es que las cajas trayendo estas dos imágenes llegan por el Pacífico y llegan flotando, sin ninguna noticia de naufragio, al puerto de El Callao, en Perú. La gente, con gran devoción lleva en hombros al Cristo y a la Virgen en peregrinación: iban de un pueblo hasta el otro, salía la gente de ese pueblo hasta el que seguía y los otros se volvían a sus casas; y llega el Cristo a Salta. El cura resuelve dejarlo en la sacristía con la promesa de hacerle un altar especial. Queda ahí, se lo olvida, y tres días antes de cumplirse cien años de la llegada del Cristo a Salta empiezan unos terremotos tan espantosos que se hunden algunos pueblos y algunas ciudades como Esteco, que está a casi 130 kilómetros de la capital. Salta temblaba todo el día, con distinta intensidad. Un sacerdote que pasa por delante de la Virgen -que es de porcelana o yeso- ve que la imagen está en el suelo, a los pies del Cristo. La vuelve a poner en su nicho y con los temblores, al rato la Virgen otra vez a los pies del Cristo y sin romperse. Como a la cuarta o quinta vez, el sacerdote dice que debe ser un mensaje para que lo saquen a la calle al Cristo. Lo sacan y se tranquilizan los terremotos hasta siempre. Entonces la gente toma la devoción por el Cristo y la Virgen del Milagro”.
La fiesta dura diez días, incluida una novena. Tanto es el fervor de los salteños por el Señor y la Virgen del Milagro que se han olvidado de sus verdaderos patronos, los santos Santiago y Felipe. “Pero como hace trescientos años que el patrón es el Señor del Milagro, la gente ni sabe quiénes son los patronos, que fueron suplantados por el Cristo del Milagro y la Virgen del Milagro. Por eso yo siempre digo que en Salta tenemos de patrono a Dios, no andamos con macanas”, acota el folklorista.
Como ocurre con muchas devociones, llega un momento en que se va olvidando un poco, hasta que un nuevo temblor en 1948 hace recapacitar al pueblo. “La catedral se llena otra vez de gente que no le tiene miedo a los terremotos, va a donde está el Cristo y se queda con la tranquilidad maravillosa de toda la vida” agrega el Chalchalero.
“La fiesta del Milagro tiene una maravilla que es que en esos diez días toda la población está equiparada. No hay ninguna diferencia ni económica, ni social, de nada. Toda la gente va y reza y se codea y empuja porque antes que nada está el Cristo. Hay que verla a la procesión porque es una maravilla. Yo calculo que habrán ido entre quinientas y seiscientas mil personas. Lo que se le pide, lo que se le agradece, lo que representa para todo el pueblo de Salta es algo que hay que vivirlo”.
            Hacía 21 años que por compromisos artísticos Juan Carlos no iba a la Fiesta. “Y este año dije ‘tengo que estar ahí con mi patrono’. Y es una maravilla; es el único lugar donde no hay ningún tipo de preferencia, que porque yo sea cantor voy a tener mejor ubicación dentro de la iglesia o alguien me va a dejar pasar. Nada. Ahí nos codeamos, dejamos pasar al que puede pasar, pero somos una sola persona devota y no importa quién es: si es doctor, abogado, si es peón, lo que sea”.
Salta lo tuvo de gobernador al Señor del Milagro y figura en un libro de Antonio Zinny sobre gobernadores argentinos. En el siglo pasado, don José María Todd era el gobernador y le avisan que tropas tucumanas invaden el sur de la provincia. “Él sabía que el vicegobernador le quería ocupar el puesto, entonces antes de partir con las milicias hace sacar la imagen del Cristo de la catedral hasta la puerta para que bendiga las tropas y ante escribano público le deposita el bastón del mando en los pies del Cristo y lo nombra Gobernador –continúa el Chalchalero-. Vuelve a los veinte días y retoma el mando. Como lo nombró gobernador ante escribano público figura como tal y la crónica policial relata que es la época en que menos delitos hubo en la provincia. La gente le tiene tal devoción y tal respeto al Señor del Milagro”.

 “Las madres de todos los salteños -y mi madre- cada vez que uno se va de Salta dicen `hijito, andá a despedirte del Señor del Milagro’, y uno tiene que ir a rezarle un Padrenuestro aunque sea y contarle que uno se va. Y cuando uno llega, la madre empieza ‘hijito, andá a saludarle al Señor del Milagro’. Lamentablemente mis hijos ya se han criado aquí (en Buenos Aires), pero yo les voy contando para que ellos vayan sabiendo lo maravilloso que es esto de estar con la fe latiente constantemente”.
La fe es cosa seria para Saravia y, a la vez, algo sumamente sencillo. "Yo siempre digo que el hombre que vive sin fe es el hombre que está perdido en esa maraña de no saber qué es, quién es, adónde va. La fe es maravillosa. Por ejemplo, cuando nos casamos –me casé de 22 años- con mi mujer tuvimos un niño y al año se nos murió de un virus, la púrpura. A los cinco meses nace la segunda hija, y al año viene la epidemia de parálisis infantil y también le agarra a ella. Me rebelé un poco, porque en un examen de conciencia dije ‘tan malo no soy como para que me toquen estas cosas’. Después comprendí que son angelitos que han ido y son los que protegen a toda mi familia. Yo asumí que son los ángeles de la guarda de sus hermanos. Así que todas las mañanas les pego una rezada y comprendí que estos chicos se murieron por llamados de Dios para que entendiese yo que no todo es tan lecho de rosas en la vida, que tiene que haber montones de altibajos y me hace comprender que todo lo que sucede en la vida hay que vivirlo y sentirlo. Todas esas cosas que en su momento son muy serias, muy bravas, se borran con la primera alegría que nos dan. No se borran definitivamente; se borra ese momento y queda como un recuerdo muy hermoso lo que fue”.

Desde la fe el cantor tiene un mensaje claro para la juventud: “Lo que les puedo decir a los chicos es que la vida es muy cortita. Que se animen a afrontarla, que no tengan esos temores espantosos de tratar de buscar a través de un estimulante o de alguna cosa para no sufrirla. Hay que sufrir la vida; es muy corta y llena de sufrimientos. Pero también llena de alegría. La alegría que nos da la esperanza, la fe, y creer que uno está en manos de Tata Dios”.

“Yo creo que perdurar cincuenta años es un milagro de Dios. Lo más patente que me pasa a mí es saber que esto no es por la obra de cuatro tipos cantores; no. Hay un milagro de Dios que nos hace seguir cantando con el acompañamiento del afecto de la gente”, dice con referencia al más de medio siglo de vida del conjunto, del cual él es el único integrante fundador que perdura.

 

Folklore y religiosidad están muy unidos. Saravia dice que “hay canciones que hablan sobre hechos, le cantan a los angelitos. Se muere un niño y no se hace una fiesta pero sí hay música y se le canta al angelito para que el angelito no termine de irse y acompañe a toda la gente. Parece una barbaridad pero es casi una alegría –no para los padres, pero sí para la gente- que alguien se haya muerto y se convierta en angelito para que los cuide y proteja a todos. Eso le hace entender a uno que le está dando al Cielo la posibilidad de un espíritu bueno que los va a acompañar a todos. Yo creo que no hay pueblo más necesitado que aquél que más fe tiene; en cualquier parte del mundo. Uno lo ve en Kosovo, donde la gente no tiene más que rezar y pedirle a su Dios. Medjugorje es un caso patente”.

 “Hay canciones muy bellas que le cantan al Niño Dios, que le cantan a la Virgen, que cantan por imaginación cómo fue la huida a Egipto, gente que no tiene la menor idea de dónde queda Egipto; le habrán llegado de España algunas coplas y las han amoldado a la zona. Hay tantas coplas que hablan de lo religioso, coplas serias, coplas sublimes, coplas en broma. En Colombia he sentido una copla popular que dice ’ayer te persignaste, mis ojos fueron testigo. Me gustaría besarte donde dices enemigo. Yo lo decía en el escenario y muy poca gente caía en cuenta. Y ellos tres un día me dicen ¿en qué momento se dice enemigo? El persignarse es ‘Por la señal de la Santa cruz, de nuestros enemigos’... Si hay algo más puro que eso...”, explica este profesional del folklore que no se siente un artista: “Yo siempre digo que todavía no hemos aprendido  a ser artistas. Seguimos siendo gente, no más. Es muy agradable”.

“Sinceramente me siento gente, no más. Lo mucho o poco que yo tengo se lo debo a la gente y se lo debo a Dios. Entonces, siento una gran felicidad cuando puedo ayudar a gente económicamente, visitándola”, completa.

Entrevista y fotos: Guillermo J. Defranco          


Recuadro:
CON EL PADRE MARIO.
Juan Carlos, Saravia contó además su testimonio acerca del padre Mario Pantaleo, a quien conoció en ocasión de la enfermedad del Chalchalero fallecido, Ernesto Cabeza. “Yo no creía. Cuando Ernesto ya no podía tragar sólidos, la mujer me llama y me dice ‘el médico me ha dicho que ya no tiene solución, que hay que operarlo, sacarle el esófago, medírselo y hacerle milimetralmente un esófago de plástico‘. Pero Ernesto no quería operarse y entonces me dice ella del P. Mario. Un día nos recibió a las seis de la mañana. Era un hombre que no impresionaba para nada, ni con algo de santidad ni nada. Me pasó el péndulo sin que yo se lo pidiera. Además, no quería que me lo pasara, a ver si tenía algo fulero... Yo estaba al lado de Ernesto, le pasó la mano por la garganta y la espalda y me pregunta si yo lo veía mejor. Le digo ‘vea, padre, yo soy daltónico; no veo el cambio de rubor de la gente, no sé si está mejor o no de semblante’. Me pasa el péndulo y me dice ‘tenés razón, tenés más daltonismo de este ojo que del otro. Todo lo demás, estás bárbaro’. Pero me dejó con una tranquilidad maravillosa que me dijera que no tenía nada. Fue la única vez que fui a González Catán y lo conocí. Al cabo de cuatro o cinco meses Ernesto empieza a tragar sólido, a comer asado. El médico le había dicho que si no se lo operaba ya, no duraba tres meses”. Pese a la mejoría, Cabeza muere derrotado por una gripe durante una ausencia temporal del P. Mario.
G.D.                

miércoles, 25 de diciembre de 2019

Con Papá Noel en la vereda


En la Tardebuena de ayer, mientras puertas adentro se preparaban muchas cenas y celebraciones a la espera de la Navidad, una conversación se colaba desde la calle hacia adentro de casa. “Te van a estar esperando”, “La idea es que no me vean llegar”, “¿Te traigo algo de comer?” y cosas así se decían las dos personas que conversaban junto a un Ford Focus con menos kilómetros que los que hay desde Laponia hasta City Bell. El uno era un joven padre de familia a quien la visera de su gorra no le alcanzaba a ocultar el entusiasmo y la ansiedad por sorprender a sus hijos en la medianoche de la Nochebuena. El otro era el mismísimo Papá Noel enfundado en su inconfundible traje rojo y su barba algodonosa.


No sé si fue mayor la curiosidad o las ganas de corroborar que era cierto lo que se veía a través de la ventana de la cocina, pero en pocos minutos, cuando el de la gorra se alejaba y Santa Claus ponía en marcha su vehículo que no era un trineo, salimos a la calle.

María Laura le pidió permiso para tomarle una foto –“para mi sobrinito” mintió sin mentir- , y Noel se ofreció a grabarle un video ahí, en la vereda, en clara señal de sentirse a gusto. Preguntó para quién era, recordó los nombres de los sobrinos de Laura, y se despachó ante la cámara del teléfono celular con su mensaje de paz y bondad, anunciando su visita para esa noche. Mientras tanto, desde los autos llegaban bocinas de saludo y caras de curiosidad. Más de un peatón se paró a la distancia con seguras ganas de acercarse y hacer algún pedido de última hora.

Papá Noel es Cristian, 41 años, instructor de yoga, meditación y otras artes orientales, actividades que realiza adhonorem en una fundación. Se gana el pan en el comercio del rubro repuestos del automotor de su padre en La Plata y ha llevado su conocimiento de la mente y el espíritu a zonas de desastre como sismos y otras catástrofes. Habla entonces del último terremoto en Ecuador, de la inundación de La Plata, del metro y medio de cenizas que dejó la actividad de un volcán en la Patagonia.

Cristian/Papá Noel cuenta que la actividad navideña la hace por su propia iniciativa, que recorre casas de conocidos y desconocidos que lo llaman para sorprender a sus hijos, y que luego va al centro de City Bell a repartir cariño y algunas chicherías que lleva en su bolsa mágica: sobre el asiento del acompañante del auto hay una bolsa de tela roja desde donde emana música navideña que lleva grabada en su teléfono.

Se levanta por un momento su cutis de goma para acomodarse un poco los rasgos mirándose en la ventanilla del auto y cuenta. “Fui a la casa de un amigo a visitar a sus hijos chiquitos. Uno de ellos me trae juguetes, porque además de conocerlo quería ayudar a Papá Noel. En ese momento pasa un cartonero en un carro con tres criaturas. Entonces lo llamo y le doy a los nenes los juguetes que me acababa de dar el hijo me mi amigo. Así que no sólo ayudó a Papá Noel con regalos, sino que vio cómo le eran dados a chicos con necesidad. Para mí es inolvidable”, dice y se le adivina humedad en sus ojos por los orificios del látex facial.

Cristian saluda con un apretón de manos y de sus guantes enormes y blancos saca un puñado de caramelos para Laura y otro para mí. “Son sin azúcar –aclara- para que todos puedan comerlos”.

Entonces subió a su trineo, cerró la puerta y bajó el vidrio de la ventanilla, puso primera a sus renos y salió deslizándose suavemente, esquivando los baches y los lomos de burro de la calle 12 y dobló por la 25 dejando a lo largo de la cuadra su ¡Jo jo joooooo! inconfundible, en su misión de hacer realidad las fantasía y las ilusiones de tantos pibes y de ese chico que habita aún en cada grande.

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