Élida Morriccone está feliz. ¿Cómo no lo supo antes? Hace una punta de años que pertenece a una prepaga a menos de tres cuadras de su casa y nunca se había percatado de lo mucho que la podía aprovechar más allá de los medicamentos con descuento (ella toma muchos) y algún que otro servicio médico, incluyendo el podólogo. “Es una maravilla de institución; a la hora que los necesito, siempre están” le había dicho, agradecida y sorprendida a la vez, a la telefonista del 0800 una de las tantísimas veces que había llamado para consultar por cualquier duda que le viniera a la cabeza, cualquier nimiedad que se le ocurría preguntar y no tenía a quién hacerlo. Como aquel mediodía que pidió que alguien fuera a ayudarla a enmudecer el molesto y monótono gotear de la canilla de la cocina que se empecinaba en no darle paz.
Élida tenía un curioso récord jamás igualado por ningún integrante del padrón de asociados ni ningún empleado de la prepaga: era la única persona que había resultado atrapada tres veces por las puertas automáticas de blíndex corredizo de ingreso al edificio y, para colmo de males, había sido también víctima de la puerta del ascensor vidriado, la cual comenzó a cerrarse cuando ella apenas había puesto una de sus piernas adentro.
En tiempo de la canícula, durante uno de esos veranos de antología, Morriccone volvió a marcar el número de atención al asociado para plantear que hacía demasiado calor dentro de su departamento en un 5° piso del microcentro porteño. La operadora le sugirió que se diera una ducha con agua tibia, pero a ella no le entusiasmó el consejo. “La ducha de mi baño pierde, como la canilla de la cocina, así que necesitaría un paraguas para poder abrir la canilla sin mojarme antes”, se quejó.
Media hora más tarde volvió a llamar al 0800 y esta vez quien la atendió fue un operador. “¿Sabés qué pasa, querido? Vivo sola, y como hace tanto calor me saqué toda la ropa y ahora no me puedo volver a poner la bombacha. ¿Me decís qué hago?”. Demasiados obstáculos domésticos y cotidianos para la sufrida y atribulada Élida.
“Me pasan muchas cosas a mí -siguió- y por eso a la noche no puedo pegar un ojo, tengo insomnio. Pero yo los llamo por teléfono a ustedes a cualquier hora y una compañera tuya me va contando que me comuniqué con la prepaga, que el horario de atención es de 9 a 18; que tienen 76 delegaciones en todas las provincias del país, que tienen cobertura médica, ayudas económicas, servicio social con becas de estudio, subsidios escolares, por matrimonio, nacimiento y accidentes, que además ofrecen turismo, odontología, ortopedia, podología, psicología, que hacen un periódico… y cuando termina me vuelve a decir que me comuniqué con la prepaga, que el horario de atención es de 9 a 18; que tienen 76 delegaciones en todas las provincias del país, que tienen cobertura médica, ayudas económicas, servicio social con becas de estudio, subsidios escolares, por matrimonio, nacimiento y accidentes, que además ofrecen turismo, odontología, ortopedia, podología, psicología, que hacen un periódico… que me comuniqué con la prepaga, que el horario de atención es de 9 a 18; que tienen 76 delegaciones en todas las provincias del país, que tienen cobertura médica, ayudas económicas, servicio social con becas de estudio, subsidios escolares, por matrimonio, nacimiento y accidentes, que además ofrecen turismo, odontología, ortopedia, podología, psicología, que hacen un periódico… y así sigue, sin equivocarse ni olvidarse de nada, hasta las cuatro o cinco de la mañana, cuando me viene el sueño. Entonces le agradezco por que estuvo toda la noche haciéndome compañía telefónica y le digo que es muy amable por contarme lo que hacen y entonces corto y ahí ya me duermo. Es un amor, esa chica”.
28 jul 26

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