Podría ser que Charly no se llamara Carlos. De hecho lo hemos visto responder con educada naturalidad a un sinnúmero de nombres y apodos diferentes. Unos quince años atrás, tal vez acusara algo más de tres décadas acurrucadas en el devenir cotidiano de sobrevivir limpiando parabrisas de autos en una de las esquinas más apetitosas de la aldea porteña.
Alrededor de 1,70 metros de una estatura coronada por cabellera rebelde entre castaño y rubio, barba al tono rasurada por última vez, eventualmente, una vez a la semana.
Vestía una musculosa de color indefinido a fuerza de variada suciedad autoconvocada sobre la trama textil y pantalones tácticos camuflados en tonos de verde y pardo. Lo hemos visto calzar borceguíes huérfanos de betún o zapatillas en vías de extinción amarradas con cordones deshilachados.
En aquellos tiempos del incipiente siglo XXI Charly ocupaba su puesto laboral en la esquina de Cerrito y Santa Fe, en CABA, donde tenía parada el ómnibus rápido que unía Buenos Aires con La Plata. Pero a Charly no le interesaba viajar sino el semáforo de esa intersección, que al encenderse en rojo le servía en bandeja una tentadora clientela de parabrisas sucios pasibles de ser limpiados por él.
No estaba solo, el hombre; un perro tan callejero como él lo acompañaba y se entretenía jugando con una botella plástica mil veces aplastada por la impiedad de los neumáticos, peregrinos y citadinos.
Charly cuidaba muy bien de su amigo. Si el juguete excedía los límites mínimos de la exigua plazoleta sobre la que aguardaban que el tránsito se detuviera, el can ensayaba un ladrido junto a una mirada de clamor sin bajar a la calzada. Entonces Charly era capaz de detener el mundo entero aunque en el semáforo brillara la luz verde y lanzarse a la misión de rescatar el juguete de su compañero.
En cada corte de semáforo no perdía tiempo y ofrecía servicial su arte de higiene vítrea. Lo hacía con la simpatía de quien se siente sabedor de que no es fácil convencer al conductor de que acepte su labor a cambio de unos pocos pesos. Su rutina no era tal, en realidad. Sabía cómo encarar al potencial cliente según el vehículo y la expresión de quien lo condujera.
Aquella tarde en que se ganó los aplausos fue cuando la rubia al volante de un Peugeot 308, con el ceño fruncido le negó el permiso para siquiera posar un dedo sobre el parabrisas. Entonces Charly sacó la carta ganadora de la manga que no tenía y a través de la ventanilla levantada le advirtió en spanglish, dando muestras de un bilingüismo lleno de remiendos:
“Ok. I don’t touch your car. Pero tené warning because a siete cuadras está el obelisco y con la mugre que tenés en el vidrio no lo vas a ver y te lo podés llevar puesto. ¿Ta?”.
A la rubia se le escapó una sonrisa, bajó el vidrio y cuando Charly hubo terminado, depositó sobre su mano con restos de detergente una generosa propina que, con su oratoria, se había ganado.
12 jun 26

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