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lunes, 21 de septiembre de 2026

Radiohorticultura

         Hacía un frío de aquellos esa nochecita en el club de los radioaficionados. En la planta alta -un poco sala de radio, un poco taller de electrónica, un poco lugar de encuentro de colegas- Perales anunció que vendría una visita.

-Che, en un rato va a venir un hombre interesado en hacer el curso -dijo. En el club estaban próximos a iniciar las clases para aspirantes a obtener la licencia de la actividad.

          Cebado por Julito, el mate circulaba entre los presentes sentados en torno a una mesa mediana, sobre la que se entreveraban papeles, cables, transistores, capacitores, herramientas, vasos, bizcochitos de grasa, yerba y otro mate que pedía a gritos que le renovaran su contenido. En otra mesa adosada a la pared, debajo de la ventana, un par de equipos de radio dejaban oír llamados de radioaficionados entre medio de un sonido a fritura casi permanente.

 -Me dijo que es maestro, que quiere aplicar el tema de la radio en no sé qué cosa de la escuela donde trabaja -continuó Perales.

          El Turco le devolvió a Julito el mate que acababa de tomar y miró por la ventana.

 -¿No hay una estufa? Estoy muerto de frío. Aterido, estoy. Y miren qué niebla que se levantó -dijo Julito, señalando hacia afuera, donde la torre de la antena se perdía entre nubosidades a pocos metros del suelo y la baliza roja parecía flotar en lo alto.

-Viene alguien -anunció Esteban al escuchar pasos resonando en los tres escalones de madera crujiente que comunicaban con el entrepiso-. ¡Adelante! -dijo levantando la voz cuando tres golpes de nudillo sacudieron la puerta. El picaporte giró unos pocos grados, la puerta se abrió con lentitud y la figura del visitante apareció en el vano.

-Adelante, pase, amigo. Bienvenido -tomó la iniciativa Beto, hasta entonces ajeno a todo, abstraído en su teléfono celular.

          Estaban ante un hombre de unos cincuenta años, de regular estatura, morocho, cabello negro engominado y peinado con raya al medio, bigote finito como fileteado sobre el labio superior, ojos marrones, redondos y chiquitos. Vestía saco y pantalón de color pardo, camisa celeste y corbata lila, lisa. Los zapatos acordonados parecían recién lustrados por cómo relucían.

 -Buenas noches, con permiso -en tres pasos se acercó a la mesa-. Me llamo Cecilio Rolfo -se presentó con tono ceremonioso y dando muestras de buena educación-. Un gusto, para mí. Gracias por recibirme.

-Pasá, che, sentate -Perales le acercó una silla pero Rolfo pareció no escucharlo. Julito puso a calentar agua en una pava eléctrica y aprovechó para renovar el mate que ya era intomable.

-¿Así que está interesado en hacerse radioaficionado? -Esteban tomó la iniciativa con cierta curiosidad-. ¿A qué dijo que se dedicaba?

-Soy docente, maestro de escuela. Y a los chicos les estoy enseñando a cultivar la tierra, a tener su propia huerta, porque la mayoría vive en zona rural. Y estuve leyendo sobre los beneficios de las ondas hertzianas para mejorar los cultivos -Rolfo abrió un pequeño portafolios de cuerina marrón y sacó un manojo de hojas fotocopiadas o impresas en computadora, con anotaciones manuscritas.

-¡A la pelota! -se sorprendió Beto. Perales y Esteban lo fulminaron con la mirada.

-¿Cómo sería eso, maestro? -se interesó Esteban.

-Contrariamente a lo que todos piensan, que las antenas irradian ondas perjudiciales para la vida cercana, está demostrado que cuando se emiten ondas de radio en una frecuencia coincidente con la vibración de los vegetales, éstos crecen más rápido, más sanos, y producen mejores frutos -explicó Cecilio como si estuviera al frente de sus alumnos en el aula.

-¿No me diga? ¿Usted lo probó? -Beto disimulaba su risa.

-Lo más que he hecho es dejar una radio encendida sintonizada en una emisora con música clásica en el surco entre las plantas de tomate -se sinceró Rolfo-.

-¿Y? -Beto se divertía por dentro. Los demás se veían inquietos en sus asientos menos Esteban, que giró la silla y se arrastró hacia la mesa de las radios, se colocó los auriculares y comenzó a buscar algún colega que hiciera llamado o estuviera transmitiendo en alguna frecuencia.

-No sé si fue casualidad o no, pero las plantas más cercanas dieron unos hermosos tomates, más grandes y en más cantidad que las otras, que estaban más alejadas.

-Qué interesante, che; no sabía eso -acotó Perales, siempre respetuoso de los demás, un poco por su propia ingenuidad, pero que ya comenzaba a arrepentirse de haber respondido positivamente al llamado telefónico del maestro, dos días atrás.

-Ajá. ¿Sabe qué? -Julito se puso una mano abierta sobre el pecho-. Yo tampoco había oído hablar del asunto pero por allí, acá, alguno de los muchachos puede ayudarlo en ese asunto -agregó, mirándolo cómplice a Beto.

-Es cuestión de probar -Beto puso cara de erudito-. ¿No sabe en qué frecuencia se conectan las zanahorias, los zapallitos, la escarola

-Nnno, nnno… capaz ustedes tienen algún equipo para medirlo -se esperanzó Rolfo.

-¿No será que las hojas son como antenas, che? -acotó Perales-. Antenas direccionales, que se mueven como si fueran un radar hacia donde captan mejor la onda…

-Podría ser -especuló Beto-. La joda es saber la longitud de onda. Y que haya buena propagación, también. Porque cuando la propagación está cerrada, no hay tutía.

-Hay que medir la separación entre las plantas y eso va a dar la longitud, Beto -agregó Julito.

-¿Ven? Ya me están dando una orientación -se entusiasmó Rolfo- Ojalá tengamos éxito.

-Metalé. El curso para ser radioaficionado empieza dentro de dos semanas -informó Beto-. Quién no le dice, cuando lo termine, además de ser radioaficionado se convierte en productor de rabanitos estereofónicos de alta fidelidad. Sería un éxito.

-Che, no hay propagación en ninguna banda -se quejó Esteban, sacándose los auriculares-. Hay un silbido en todo el espectro. Escuchen. -Y subió el volumen. Un chillido agudo oscilaba sin dejar oír ninguna otra cosa.

-Vení para la Secretaría así te inscribo -invitó Perales, y salió con Rolfo de la sala. Esteban, Beto y Julito se miraron con complicidad. Beto hacía fuerza para no reírse.

-¡¡Sshh!! Esperá que se vaya -lo amonestó Esteban.

          Apenas después, oyeron la puerta de la planta baja que se abría y volvía a cerrarse luego del saludo entre Rolfo y Perales. Por los equipos de radio empezaron a escucharse voces modulando y comunicaciones en morse sin interferencias ni silbidos. Por la ventana se veía el parque despejado y un cielo de brillosas estrellas. De la niebla no quedaban ni rastros.

 

 

13 sep 26

 

 

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