Cada jueves a la tarde la redacción del semanario del pueblo era un hervidero. Con la caída del sol se cerraba la edición que se diagramaba y se armaba esa misma noche, se imprimía a varios kilómetros de allí, y en las primeras horas sabatinas llegaban los paquetes con los ejemplares tamaño tabloide olientes a tinta fresca y papel.
Entonces iniciaba la labor de los repartidores casa por casa. Algunos de ellos eran, durante la semana, los responsables de vender publicidad a los comercios locales y cada sábado, bien temprano, salían a pedalear sus bicicletas y arrojar cada ejemplar, envuelto en polietileno, en el jardín de la casa de los suscriptores. No faltaba quien, para poder llegar a los barrios menos accesibles, hacía su reparto a lomo de caballo en pelo. Para muchos lectores escuchar el sonido del diario al caer en su porche era la señal de que ya era hora de levantarse y desayunar enterándose de las novedades del barrio, del pueblo, incluyendo la historia, el humor y los cuentos y poesías de artistas locales.
De la poesía trata, precisamente, este relato. Y de cada jueves a la tardecita, y del clamor de un poeta a su secretario de redacción, que le reclamaba los textos para la sección “Literarias”.
-Esperame un rato, Coco. Me falta terminar un poema que estoy escribiendo…
-Metele, Rodolfo. Porque lo tuyo todavía falta ilustrarlo. En todo caso aviso que va más tarde, pero sale sin dibujo…
-¡Nooooo! Por favor, sin ilustración no quiero.
-Es que no hay tiempo, Rodo. Me apuran desde el taller.
-¿Y qué hago? Ayudame…
-¿Que te ayude? ¿Querés que yo te escriba lo que te falta?
-Y... son tres versos, nomás. Pero no me salen.
-A ver, dame…
Y así, en más de una oportunidad, se cerraba subrepticiamente y en colaboración la sección literaria de algunas ediciones del semanario del pueblo. Coco juraba el más absoluto de los secretos y Rodolfo sentía un enorme alivio en el pecho y agradecía con un abrazo. Coco sonreiría con satisfacción cada vez que un lector ponderaba los poemas que firmaba Rodolfo, ese compañero del semanario que en la tarde de un jueves cada tanto, falto de inspiración, acudía desesperado clamando ayuda.
18 jun 2026.

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